Santiago de Compostela
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Santiago de Compostela, contra el turismo masivo: alquileres imposibles y vecinos expulsados del casco histórico

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Santiago de Compostela enfrenta el turismo masivo con alquileres imposibles y vecinos que abandonan el casco histórico, mientras las redes sociales y el auge del Camino impulsan aún más la presión sobre la ciudad.

El auge del Camino y la presión turística

Hablar de Santiago de Compostela hoy es hablar de un fenómeno global. La ciudad, punto final del célebre Camino de Santiago, se ha convertido en un destino turístico y espiritual que recibe cada año cifras récord de visitantes. El año pasado fueron más de medio millón los peregrinos que recogieron su acreditación oficial, lo que supone multiplicar por cinco la población residente. A este volumen se suman miles de turistas que llegan sin haber recorrido la ruta, atraídos por el aura cultural y la visibilidad en redes sociales, que han amplificado su popularidad tras la pandemia.

Lo que en principio parecía una oportunidad económica, ahora se vive como una carga. Los residentes del casco histórico denuncian que la presión turística “va más allá de lo razonable”, con calles saturadas, ruidos constantes y un mercado inmobiliario que expulsa a los vecinos de toda la vida.

Códigos de convivencia ignorados

Para tratar de frenar el impacto negativo, asociaciones vecinales han creado un código de buenas prácticas traducido a varios idiomas. El documento pide gestos sencillos como evitar el ruido nocturno, respetar el tráfico en calles estrechas o usar protectores en los bastones de senderismo para no dañar el empedrado.

Sin embargo, en la práctica, estas recomendaciones apenas surten efecto. Los grupos de turistas siguen cantando en las plazas, las bicicletas circulan en sentido contrario y los palos metálicos de los peregrinos golpean sin cesar contra las piedras centenarias. Para muchos residentes, la ciudad se ha convertido en un escenario más para el consumo rápido de experiencias, perdiendo el carácter comunitario que la distinguía.

Redes sociales y turismo de experiencias

El auge del turismo en Santiago no se explica solo por su historia religiosa. Tras la pandemia, los viajes motivados por la búsqueda de experiencias se dispararon, y el Camino apareció como una opción accesible y cargada de simbolismo. Plataformas como Instagram o TikTok han contribuido a proyectar una imagen idealizada de la ciudad y de la peregrinación, atrayendo a un público joven que antes no contemplaba este destino.

Este fenómeno de visibilidad global ha multiplicado las llegadas, pero también ha transformado la forma en que se vive la ciudad. Donde antes primaba el recogimiento y la espiritualidad, ahora abundan las escenas de consumo masivo, selfies frente a la catedral y grupos organizados que llenan bares y albergues.

Alquileres imposibles en el corazón de Santiago

El mercado inmobiliario se ha convertido en una de las principales víctimas del turismo masivo. Según datos encargados por el Ayuntamiento, entre 2018 y 2023 los precios de los alquileres subieron un 44%, impulsados por la proliferación de pisos turísticos de corta duración.

La consecuencia es clara: jóvenes, estudiantes y familias no pueden competir con los ingresos que ofrecen plataformas como Airbnb o Booking. Incluso quienes trabajan a tiempo completo ven imposible acceder a una vivienda digna dentro de la ciudad. Para muchos, la única opción es regresar a casa de sus padres o trasladarse a pueblos de las afueras.

Una vecina lo resume con crudeza: “Los únicos que han podido quedarse son quienes heredaron un piso de sus abuelos o padres”. El resto ha sido expulsado por el encarecimiento desmedido y la reducción de la oferta disponible.

Medidas municipales y su eficacia limitada

El Ayuntamiento ha tratado de reaccionar. En 2023 prohibió los alojamientos turísticos en el casco histórico, con el argumento de que su crecimiento estaba afectando gravemente a la disponibilidad de vivienda. También ha solicitado al Gobierno regional declarar la zona de alta presión turística, una figura que ya se aplica en Barcelona y San Sebastián.

No obstante, la medida presenta limitaciones. Muchos inmuebles reconvertidos en hoteles o albergues no entran en la prohibición, y otros operan de manera encubierta con sistemas de recogida de llaves automáticas. La consecuencia es que el modelo económico sigue favoreciendo el turismo en detrimento de la vida vecinal.

El vaciamiento del casco histórico

La transformación del casco antiguo es visible para cualquiera que lo recorra. Entre 2000 y 2020, la población residente se redujo a la mitad, hasta quedar en apenas 3.000 personas. Hoy, tras las fachadas de piedra se esconden apartamentos cerrados, viviendas abandonadas o convertidas en alojamientos temporales.

Los negocios tradicionales han desaparecido casi por completo. Ya no hay ferreterías ni quioscos; apenas resisten una panadería y un par de ultramarinos. En su lugar, proliferan cafeterías, heladerías y tiendas de recuerdos que abastecen a los visitantes. El barrio ha pasado de ser un espacio comunitario a un escenario turístico.

El cambio en la espiritualidad del Camino

La masificación no solo afecta a los residentes, también ha transformado la percepción del propio Camino de Santiago. Algunos peregrinos veteranos reconocen que la ruta ya no tiene el mismo ambiente de recogimiento que antes. Entre disfraces coloridos, cánticos y grupos guiados, muchos sienten que la espiritualidad se ha diluido en favor de una experiencia más superficial.

El dato lo confirma un estudio de la Universidad de Santiago: en 2023, la mitad de la población local rechazaba el modelo turístico actual, frente a solo una cuarta parte una década antes. El cambio de percepción refleja un creciente malestar que cuestiona la sostenibilidad de la economía local basada casi exclusivamente en el turismo.

Vecinos que resisten como pueden

A pesar de las dificultades, todavía quedan quienes luchan por permanecer en el casco histórico. Algunos lo hacen por apego familiar, otros por compromiso con la comunidad. Se describen como quienes “resisten como los galos”, una metáfora que refleja la sensación de estar rodeados por un ejército invasor.

Estas familias y vecinos intentan mantener la vida cotidiana en un entorno cada vez más hostil, donde la convivencia se ve alterada por el ruido, la saturación y la falta de servicios básicos. La vida de barrio se ha visto sustituida por un flujo constante de desconocidos que entran y salen a diario.

¿Turismofobia o rechazo a un modelo insostenible?

Uno de los matices que más repiten las asociaciones vecinales es que no se trata de turismofobia. Santiago siempre ha acogido visitantes y ha vivido en armonía con el peregrinaje. El rechazo surge cuando la presión alcanza niveles que expulsan a los residentes y vacían la ciudad de su esencia.

El dilema no es sencillo: el turismo genera riqueza y empleo, pero a costa de un deterioro social y cultural que amenaza la identidad de Santiago. El reto está en encontrar un equilibrio entre acoger a quienes llegan y garantizar la vida de quienes siempre han estado allí.

El futuro incierto de Santiago

Todo indica que este año se batirá un nuevo récord de peregrinos, lo que vuelve a encender el debate. Mientras tanto, la ciudad busca fórmulas para regular el turismo, preservar su patrimonio y garantizar que no se convierta en un decorado sin alma.

El desafío de Santiago es el mismo que enfrentan otros destinos europeos: cómo seguir siendo atractivo sin caer en la trampa del turismo masivo que expulsa a los propios habitantes. La respuesta aún está en construcción, pero la voz de los vecinos suena cada vez más fuerte.

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